Las dietas bajas en sal son una recomendación médica habitual frente a ciertas circunstancias de la salud, como la hipertensión. En esos casos, muchas personas suelen encontrar dificultades a la hora de seguir disfrutando de las comidas cuando el aliciente de la sal se reduce drásticamente.

La sal común, en términos químicos, es en su mayor parte cloruro de sodio. Por eso, las dietas bajas en sal también se conocen como dietas bajas en sodio. Algunos sucedáneos de la sal tratan de emular su sabor sustituyendo el sodio por potasio, pero el cloruro de potasio tiene un sabor más débil, menos salado y ligeramente agrio; además, sus propiedades también son cuestionadas, por ejemplo en personas con problemas de riñón, por su dificultad para eliminar el exceso de potasio.

El mejor sustituto es el cerebro

Por eso, aunque suene difícil al principio, una de las principales recomendaciones puede ser tratar de reducir la cantidad de sal en nuestras comidas hasta reencontrarnos con el sabor original y limpio de los alimentos sin aditivos.

Se trataría de hacer el ejercicio mental de reconciliarse con los matices, ligeramente dulces o delicadamente amargos, de muchas verduras y hortalizas, carnes, huevos, etc. Si lo planteamos, no como una lucha frente a la pérdida de sabor, sino como la oportunidad de descubrir los alimentos originales, quizá podamos disfrutar de esa transición hacia una mesa con menos sal.

Cinco aliados deliciosos para sustituir la sal

La reducción de sal en la dieta no tiene por qué significar una reducción de sabor. Existen numerosas especias y condimentos que aportan alegría y originalidad a nuestros platos sin necesidad de añadir sal. Estos son solo algunos ejemplos:

  1. Ajo: Tanto en cabezas como en polvo, aporta un sabor fuerte y con carácter. Quizá sea una de las opciones más potentes para no echar de menos la sal. Además en nuestra tradición culinaria tiene una enorme trayectoria y sus aplicaciones para carnes, pescados o verduras son inagotables. A esto hay que añadir que el ajo es un tesoro para la salud.
  2. Limón y vinagre: El sabor ácido de estos tesoros de nuestra cocina ya es suficientemente estimulante para alegrar determinadas preparaciones, como las ensaladas, gazpachos, carnes de ave… Combinados con un aceite de oliva intenso, hacen maravillas.
  3. Pimienta: Tanto en grano como molida, puede ser en condimento suficiente para casi cualquier plato ‘salado’. Sopas y caldos, carnes y pescados, verduras cocinadas o crudas en ensalada… La pimienta cuenta con un alcaloide, la piperidina, que va a inundar de aroma nuestras recetas.
  4. Otros ‘picantes’: Además de la pimienta tradicional, otros condimentos picantes pueden dar a nuestros platos ese chute de sabor que nos haga olvidar la falta de sal. La cayena y otras guindillas y pimentones son comunes en nuestras despensas.
  5. Hierbas y especias: Quizá una de las opciones más variadas y divertidas para sustituir la sal sea el uso de más especias y hierbas aromáticas en nuestros platos. Por ejemplo, la patata admite muy bien la nuez moscada y el tomillo, el cebollino encaja con salsas cremosas y lácteas, el comino alegra cualquier carne, estofado o arroz, el hinojo casa genial con legumbres o huevos, el romero es un gran aliado de las carnes, la caza y los estofados… Y si abrimos las fronteras a especias más exóticas las opciones se multiplican: el curry o el garam masala tiene posibilidades creativas inagotables en arroces, huevos, carnes o verduras.

Así que recuerda, menos sal no significa menos sabor. Más bien al contrario: reducir el sodio en tu dieta es una ocasión perfecta para redescubrir nuevas sensaciones en tu paladar.