Posiblemente el ajo sea uno de los condimentos más utilizados en la cocina mediterránea. Además de por su sabor y ese toque característico que aporta a los platos (no siempre resistido por todo el mundo), el ajo (Allium sativum) ofrece grandes propiedades nutritivas y beneficios para la salud que se conocen desde la antigüedad.

Se trata de un bulbo emparentado con la cebolla (Alliaceae) -¿será por eso que casan tan bien en los sofritos?- cuyo origen se sitúa en el área de Kirguistán (Asia). No obstante, su consumo y producción se extendió rápidamente por el Mediterráneo, y posteriormente al resto del mundo, debido a sus múltiples cualidades culinarias y médicas.

Tal es así que está presente en casi todas las culturas. Los egipcios los usaban como vigorizante y los griegos lo utilizaban para tratar toda clase de enfermedades. De hecho, grandes impulsores de la medicina, como Dioscórides o Hipócrates, solían tratar con ajo problemas gastrointestinales o de las vías respiratorias, entre otras dolencias.

Las muchas virtudes del ajo le han llevado a ser considerado un producto casi ‘mágico’. Incluso hoy en día, la ciencia no ha descifrado del todo por qué el ajo es tan bueno para la salud. Del mismo modo, con el paso de los años, las leyendas y supersticiones han llevado a vincular este magnífico condimento hasta con la insólita capacidad de ahuyentar vampiros.

Pero más allá de fábulas y fantasías, se ha constatado que tiene grandes beneficios para la salud. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda consumir de 2 a 5 gr. de ajo fresco al día (un diente aproximadamente) como pauta saludable.

Estas son las principales virtudes del ajo:

Reduce la hipertensión arterial. La Fundación Española del Corazón (FEC) recomienda incluir regularmente ajo en la dieta.

El ajo crudo libera alicina, una sustancia antitrombótica y antihipertensiva que mejora el ritmo cardíaco y reduce el riesgo de ACV o ictus.

Al cocinarlo -aunque pierde la alicina- el ajo genera adenosina y ajoene, unos compuestos anticoagulantes y reductores del colesterol.

En 1858, el científico Louis Pasteur confirmó la capacidad antibacteriana del ajo.

Ayuda a incrementar la serotonina, reduciendo el estrés y la depresión.

Atribuyen al ajo propiedades analgésicas, antiinflamatorias, antipiréticas, antifúngicas, antirreumáticas y diuréticas.

Contiene fibras, hidratos de carbono y proteínas.

Es rico en vitamina A, B y C: aporta el 95% de la vitamina B6 y el 52% de la vitamina C recomendada al día.

Es una fuente de minerales: fósforo (22%), calcio (18%) y hierro (14%).

En definitiva, el ajo es un condimento imprescindible en la dieta mediterránea que nos ayuda a llevar una vida más saludable. Además, se pueden hacer recetas ricas en las que el verdadero protagonista sea el ajo: ¿Qué tal una sopa de ajo con guarnición?